Iconoclasta - iconoclasta - reminiscencias


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En todas las discusiones sobre el origen del Espíritu Santo dentro del Misterio de Dios, y sobre las relaciones de Padre, Hijo y Espíritu Santo entre ellos, lo primero que debe cultivarse como hábito de mente es sin duda una reverente modestia. En relación con el divino Misterio en sí, podemos decir muy poco, y nuestras especulaciones corren siempre el riesgo de reclamar un grado de claridad y certeza mayor de lo que merecen. Como el Pseudo-Dionisio nos recuerda, “Ni unidad, ni trinidad o número o unicidad o fecundidad, o ninguna otra cosa que sea una criatura o pueda ser conocida por una criatura, es capaz de expresar el Misterio, más allá de todo pensamiento y razón, de esa Divinidad trascendente que de modo superesencial supera todas las cosas” ( Sobre los Nombres Divinos 13, 3). El hecho de que nosotros, como cristianos, profesamos que nuestro Dios, quien es radical e indivisiblemente uno, es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo –tres “personas” quienes no pueden confundirse nunca o reducirse unas a otras, y quienes son plena y literalmente Dios, singularmente y en la totalidad armoniosa de sus relaciones unas con otras- es simplemente un resumen de lo que hemos aprendido de la autorevelación de Dios en la historia humana, una revelación que alcanzó su climax en hacernos capaces, en el poder del Espíritu Santo, de confesar a Jesús como la Palabra eterna y el Hijo del Padre. Ciertamente nuestro lenguaje cristiano sobre Dios debe estar siempre regulado por las Sagradas Escrituras, y por la tradición dogmática de la Iglesia, que interpreta el contenido de la Escritura de modo normativo. con todo subsiste siempre el difícil problema hermenéutico de aplicar términos y textos particulares de la Escritura a la vida interna de Dios, y de saber cuándo un pasaje refiere simplemente la acción de Dios en la “economía” de la historia salvífica, o cuándo debería ser comprendido como referido de modo absoluto al ser propio de Dios. La división entre nuestras Iglesias sobre la cuestión del Filioque sería probablemente menos aguda si ambas partes, a lo largo de los siglos, hubieran sido más conscientes de las limitaciones de nuestro conocimiento de Dios.

En segundo lugar, la discusión de este difícil tema ha estado muchas veces obstaculizada por distorsiones polémicas, en las que cada parte ha caricaturizado la posición de la otra con el fin de argumentar. No es cierto, por ejemplo, que la principal corriente de la teología ortodoxa conciba la procesión del Espíritu, en el interior del ser eterno de Dios, simplemente sin que quede afectada por la relación del Hijo con el Padre, o piense en el Espíritu como no “perteneciente” propiamente al Hijo cuando el Espíritu es enviado a la historia. Tampoco es cierto que la principal corriente de la teología latina haya empezado tradicionalmente sus reflexiones trinitarias a partir de una consideración abstracta, no escriturística de la sustancia divina, o afirme dos causas de la existencia hipostática del Espíritu o quiera asignar al Espíritu Santo un papel subordinado al del Hijo, o sea dentro del Misterio de Dios o sea en la acción salvadora de Dios en la historia.

Estamos convencidos, a partir de nuestro propio estudio, de que las tradiciones teológicas occidentales y orientales han tenido un acuerdo sustancial, desde el período patrístico, sobre un gran número de afirmaciones fundamentales sobre la Santa Trinidad que tienen que ver con el debate del Filioque :


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